Chorrojumo

Mariano Fernández Santiago (1824-1906), el famoso Chorrojumo (mote que proviene de «chorro de humo», que es lo que parecía haberle dado en su cara morena), decía ser el príncipe (o rey, según le daba) de los gitanos granadinos. Excusa ésta para andar a diario por la Alhambra, del Carlos V a la Puerta de la Justicia, dejándose fotografiar a cambio de unas monedas por los turistas románticos y ansiosos de costumbrismo, aunque fuese por medio de arcaicismos o elementos kitsch. Disfrutaban con un gitano cuenta cuentos y él lo sabía, se ataviaba con su sombrero de catite, su chaleco marsellés, una camisa con chorreras y un lote de postales con su fotografía para vender. Enrique Baltanás lo describe «vestido de sombrero negro de alcuza con motas, chaqueta corta azul con alamares de plata, faja grana, pantalón negro ceñido, […y una] varilla con contera en la mano».

Lo cierto es que el Chorrojumo era un patriarca, cosa importante entre su gente. Los de hoy se jactan de seguir línea sucesoria directa de él. Y cuando uno ve su fotografía, se deshace en elogios hacia los gitanos granadinos y la verdadera cultura andaluza de nuestra tierra. Olé, olé, olé. Pero la realidad es bien otra: el mito del Chorrojumo nace como proyecto pictórico de Mariano Fortuny. Por cierto que Chorrojumo ponía, en sus postales, «Príncipe de los Jitanos. Modelo de Fortuny», algo que al pintor envanecía de mala manera. También lo pintó Carbonell y Selva (1854-1896), bajo el título Rey de los gitanos de la Alhambra. Chorrojumo, en junio de 1890.

Todo aquello, el montaje publicitario, no era más que la consecuencia de lo que Fortuny propuso, al parecer, al gitano, después de comprarle esas ropas para que posara para algunos cuadros. Al calé le gustó la idea de cobrar por pasearse y no por darle a la fragua, que es como se ganaba antes la vida, y desde entonces subía a diario a la Alhambra con sus llamativas prendas, de las que la única usada por los comunes era el sombrero.

Así pasaba el día, siendo una atracción tan importante como la Alhambra. Los burgueses y los bohemios pedían eso, extrañezas culturales con las que justificar sus viajes. Que no supieran distinguir lo andaluz de lo granadino y lo romaní de estos dos, es culpa de quienes se han beneficiado siempre con el turismo.

Quien hoy vaya al mirador de san Nicolás verá a varios gitanos rasgándose la garganta para delicia de los guiris que comen en la terraza. Los gitanos se llevan sus cuartos bien ganados y los guiris se van tan contentos de haber vivido algo «tan típico». Y no sabrán que Granada no es ni nunca ha sido eso.

Cuentan (y he perdido la referencia) que en sus últimos tiempos le salió un competidor y tenía que andar a garrotazos con él cada vez que aparecía por los palacios… Murió el 10 de diciembre de 1896, a los ochenta y dos años, cuarenta después de empezar su carrera como guía y espectáculo andante, subiendo por los bosques de la Alhambra. Aquel gitano pícaro de mirada alucinada que sacaba los cuartos a los extranjeros disfrazado de no se sabe qué sufrió un infarto y se quedó en el sitio. Hace unos años le pusieron una estatuta al principio de su barrio, el Sacromonte. Bien está.

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